Carolina Baron

El 12 de diciembre de 1820 nacía, en la localidad francesa de Mailhac, cerca de Narbona, Carolina Baron. Lo hacía en el seno de una familia sencilla. Su padre, un joven comerciante, había quedado ciego poco antes de su matrimonio; y su madre ligó su vida a aquel, con gran amor y aceptación. De su matrimonio nació Carolina: un regalo de alegría y esperanza en una familia de profundas convicciones cristianas.

Carolina era inteligente y activa; con gran sentido práctico, era una joven con especial predisposición hacia las iniciativas audaces. Vivió siempre una fe y piedad capaces de iluminar estos impulsos naturales. Sus padres decidieron darle una educación sólida en el Colegio-Internado que las Hermanas de San José de Lyon tenían en Saint Pons, donde también había estudiado su madre.

En 1835 terminó sus estudios de Grado Superior y enseguida comunicó a sus padres, que hacía tiempo venía pensando entregarse a Dios como religiosa. Ellos quisieron probar la solidez de su vocación valiéndose de la distracción en viajes, fiestas mundanas… A la vista de los resultados, vieron la firmeza de la decisión de su hija y la aceptaron.

Así, Carolina ingresó en la Congregación de las Hermanas de San José, comenzando su noviciado el Noviciado en 1937, muy cerca del internado donde había estudiado.

Los años que pasó en aquella Congregación, desarrolló su misión en tareas educativas. Desde 1856 compaginó su trabajo con jóvenes, niños y familias con la tarea delicada de Maestra de Novicias.

En esta etapa se multiplican para ella las dificultades, muchas veces producidas por una visión de la educación y la puesta en marcha de algunas iniciativas que no eran aún bien vistas en aquel ambiente rural de la época. Comienzan unos años de prueba en los que Carolina, como siempre, trata de conocer la voluntad de Dios.

Son circunstancias que propician su iniciación en la escuela franciscana, ya que acudía frecuentemente a rezar a una pequeña capilla dedicada a San Francisco de Asís, cercana a la escuela de Lézignan, donde entonces residía.

Pasado un tiempo de oración, búsqueda, y de encuentros providenciales, y bajo el consejo del obispo de Montpellier, Monseñor Charles-Thomas Thibault, deja la Congregación para abrir, como religiosa, otro camino.

El 11 de octubre de 1860, Carolina Baron es recibida en la Tercera Orden de San Francisco y toma el nombre de Francisca del Espíritu Santo. Pretende, así, subrayar su deseo de seguir a Jesucristo por la senda trazada por San Francisco de Asís, abierta totalmente a la acción del Espíritu.

Meses después, el 19 de marzo de 1861, tendrá lugar la fundación de la Congregación de Franciscanas de Montpellier, en la capilla del Obispado de Montpellier con tres jóvenes compañeras, María Nougaret, Felicia Bras y Ana Martinolet, que se habían unido a ella.

El 3 de abril de 1861, las hermanas llegan a Saint-Chinian, cuna de la Congregación. “… Dios sabe a dónde me lleva; yo no hago mi obra sino la suya”, señalaba Madre Francisca del Espíritu Santo.

La comunicación de su llegada se retrasó y las hermanas entraron de forma desapercibida en la casona deshabitada y sin ninguna comodidad. Algunas vecinas se percataron y les ofrecieron los medios más sencillos para su instalación allí. La pobreza que aceptaron con sencillez y buen humor presidió su bienvenida.

Qué pequeña es la semilla que más tarde crecerá
Qué pequeña es la semilla, somos cuatro nada más
Qué pequeña es la semilla que más tarde crecerá
Qué pequeña es la semilla, todo empieza en Saint-Chinian.

La Madre era bien consciente de no inventar nada nuevo como fundadora. Para ella, San Francisco lo había dicho ya todo. La realidad que le tocó vivir fue una realidad complicada, tanto en el contexto social como en el eclesial.

En la Francia del siglo XIX, tras cien años de influencia de la Ilustración, y entrando en la etapa del desarrollo industrial, la sociedad había quedado configurada con marcadas diferencias sociales y un fuerte anticlericalismo.

Las zonas rurales sufrieron un éxodo hacia las ciudades, donde una floreciente masa obrera era explotada y sumida en la máxima pobreza. Niños y ancianos eran los colectivos más desfavorecidos.

Con el triunfo de la Revolución de 1830, la Iglesia iniciaba, pues, un proceso de recuperación de su presencia en la sociedad en un ambiente bien adverso a las creencias religiosas, ejerciendo su misión desde las obras de caridad.

Madre Francisca vivió, así, en una sociedad tendente a la desacralización, al laicismo, con fuertes brotes de anticlericalismo. En su época se hacía difícil la transmisión de la fe. La Iglesia y los movimientos religiosos solo eran creíbles en sus servicios humanitarios.

A pesar de todo, Carolina supo superar las dificultades sociales, políticas, económicas, de discriminación de la mujer…. Fue capaz de responder a todas estas dificultades con fe, dedicación y esfuerzo. En su batalla contra el sistema, le tocó romper barreras; por ello era muy admirada por sus contemporáneos.

En su empeño de transmitir los valores de fraternidad y minoridad, Madre Francisca orientó las actividades de la congregación conforme a las necesidades de su época: educar a niñas y jóvenes en escuelas y orfanatos, atender a enfermos y ancianos, participar en la catequesis parroquial… Siempre en medio de una gran pobreza y apoyada en la fuerza del Señor.

La fundadora, recordando el interés de San Francisco de Asís porque sus hermanos tuvieran, por encima de todo, el Espíritu del Señor, recomienda a sus hermanas, a medida que los quehaceres se van multiplicando: “Cuidad mucho que Dios sea el principio y el fin de vuestras acciones”.

Su lema, heredado, hecho propio, y que tanto profesa su Comunidad, es claro: “Para educar bien hay que ganarse el corazón de los alumnos”. “La bondad de corazón lleva siempre a saber corregir por amor”.

Madre Francisca fue una mujer dinámica y sencilla, de palabra cálida y mirada acogedora, lo que le abrió muchas puertas. Supo unir admirablemente el ideal de vida y los medios prácticos que hacen posible servir al prójimo. Ese fue siempre su deseo: servir. Tenía, por otra parte, esa bondad y fuerza que poseen los santos para atraer a los demás.

Llegada la Navidad de 1882, gravemente enferma, anima a sus Hermanas para que preparen la fiesta. Ella misma participa con todas en la Misa de medianoche y presiente que aquella comunión es su Viático. Su vida se prolongará todavía dos días más, en los que no cesó de dar consejos a sus hijas: “Yo he terminado mi tarea, vais a comenzar la vuestra”… “Que Dios conserve mi obra, me ha costado tanto fundarla, por ella daría gustosa otra vida, si Dios se dignase concedérmela”.

Murió el 28 de diciembre de 1882, besando su crucifijo.

Fue enterrada en el cementerio de su casa de Saint-Chinian y el 24 de octubre de 1951 se exhuman sus restos y se trasladan a la Casa Madre en Montpellier.

El día 19 de marzo de cada año, en nuestros colegios celebramos -con alegría y gratitud- el día de nuestra fundadora, el día de Carolina Baron, el día que ella, junto con otras hermanas, fundó la Congregación de las Hermanas Franciscanas de Montpellier. Gracias a Madre Francisca, nuestra Fundación Educativa puede continuar con esta necesaria misión.

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“Para educar bien hay que ganarse el corazón de los alumnos”

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ENTRE TODOS ILUMINAMOS
EL MUNDO

Solo llegando al corazón hacemos verdadera educación

Carolina Baron