Noticias

Paz y Bien

Mi saludo, nuestro saludo habitual, suscita hoy en mí un deseo profundo de que la riqueza y oportunidad que encierran estas pocas palabras (Paz y Bien) pueda llegar a cada miembro de nuestra gran familia educativa, de la Fundación, con todo mi cariño y preocupación. Sabemos que son palabras nuestras, deseos que repetimos muchas veces, pero en las que subyace la fuerza del Espíritu de Jesús y el alma de Francisco de Asís.

No sé si, cuando vea la luz esta publicación anual, habremos llegado al fin de este tiempo que ha volcado sobre nuestros colegios, como en todos los ámbitos de la sociedad, tanta sorpresa y sobresalto; y la exigencia de adecuar nuestra manera de funcionar, en una situación nunca vivida. Creo que estaréis de acuerdo conmigo en la dificultad y el empeño que ha supuesto ofrecer al alumnado y a las familias lo mejor para continuar el trimestre, con el mayor apoyo y cercanía. Ha sido una experiencia vivida con la tensión y el trabajo que supone para todos un cambio de este calibre, sin apenas tiempo para afrontarlo. Pero, si observamos el camino recorrido, los avatares vividos en él, creemos que está siendo una experiencia en la que asombra constatar la fuerza interior, el tesón y las capacidades insospechadas que brotan entre todos. Todos caminando juntos, los docentes, coordinados desde la Dirección de cada Colegio, con el apoyo de la Fundación y la colaboración de las familias, implicación que también estamos constatando. Tenemos que valorar y aplaudir también la actitud de niños y jóvenes. Seguro que esta experiencia no se va a quedar aquí y va a posibilitar un avance en la forma de abordar la educación; no podemos desaprovechar esta experiencia-aprendizaje que abre horizontes para el presente y futuro y que será algo a valorar, evaluar, encauzar y potenciar.

En el ámbito de la salud, sin duda el más importante y delicado en esta pandemia, en medio del dolor sufrido y de las pérdidas irreparables que son las de las vidas humanas, también hemos aprendido que este camino pasado nos lleva necesariamente a un tránsito, a la valoración y afirmación de la vida sobre la muerte. Precisamente, la coincidencia de este tiempo en la celebración que, para nosotros los cristianos, tiene la Semana Santa y la Pascua de Resurrección de Jesús, vividas en una clave diferente, sin las grandes manifestaciones habituales, con la necesidad de profundizar en esta realidad que nos coloca frente a la vulnerabilidad humana ante la que acercarse, tender puentes… ha hecho poner en pie a tantos agentes de cambio, sanitarios, investigadores, servidores públicos, gentes generosas que han sacrificado incluso su propia vida. También, en los gestos de relaciones sencillas, de cariño para ofrecer servicios a los más frágiles del vecindario, así como el reconocimiento y agradecimiento de la población a todos estos “héroes anónimos”. Son caminos recorridos, puentes tendidos, pasos dados, que no podemos dejar sin ponerles nombre y darles la importancia que tienen. Son luces que han venido asociadas a este tiempo personal y colectivo de crisis de la que esperamos salir, afirmando tajantemente que “todo puede mejorar”.

Pero, en este momento, tenemos que ser conscientes, poner nuestra mirada y nuestros esfuerzos, no en volver a la “normalidad”, porque sabemos que precisamente esa “normalidad” es el problema. Y no basta con querer adjetivarla como nueva, pues a lo nuevo no se vuelve. Tenemos que propiciarlo, trabajarlo, implicarnos para ir a algo mejor, para avanzar en una mayor calidad humana.

Recordamos que, en nuestros Colegios, el itinerario de valores que subyace en todo el quehacer educativo está incidiendo mucho en este aspecto de la implicación en el cambio necesario de nuestro mundo: “DALE LA VUELTA A TU MUNDO, MUÉVETE”; en la necesidad de una transformación en la que estamos comprometidos, “TODOS PINTAMOS ALGO, PONLE CORAZÓN”. Y todo, desde valores tan franciscanos como la alegría y el cuidado de las personas. Todos recordaréis este compromiso en el que estamos implicados en nuestras comunidades educativas.

El Papa Francisco nos anima a ello: “Muchas cosas tienen que reorientar su rumbo, pero, ante todo, la humanidad necesita cambiar. Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Esta conciencia básica permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida. Se destaca así un gran desafío cultural, espiritual y educativo que supondrá largos procesos de regeneración (Laudato si’ nº 202).

Juntos, retomamos esta invitación al “cuidado de la casa común”, que empieza cuidando de lo concreto y cercano de cada día, en nuestros colegios, en nuestras casas, en nuestras vidas. No estamos solos, caminamos juntos y contamos con la fuerza del Señor que nos ayuda.

Que el tiempo de las vacaciones sea una buena oportunidad para todos.

Hna. Mª Ángeles Manjarrés Gil
Presidenta del Patronato
Fundación Educativa Franciscanas de Montpellier

Un compromiso compartido

Paz y Bien, queridas comunidades educativas y amigos y amigas

A punto de finalizar este “extraño” curso no quería que faltaran unas palabras plasmadas por escrito, para deciros en público lo que os hemos dicho en privado una y otra vez, desde el Equipo de Titularidad.

Permitidme que lo enmarque en una breve reflexión:
Señalaba Carolina Baron (M. Francisca) con buen tino: “Considerad la educación como una bendición de Dios, aunque exija una entrega incondicional”.

No se puede expresar de forma más clara, más concisa, más concreta. Ni más cierta. Ni desde nuestra Fundación podemos buscar mejor inspiración para entregarnos cada día a la educación de nuestros alumnos y alumnas.

La educación es una bendición del Padre, que nos quiere instrumentos suyos para formar, para educar de forma íntegra e integral, a aquello que más queremos: nuestros alumnos; vuestros hijos, los hijos de nuestras familias.

Dios ha puesto a estos chicos y chicas en manos de familia y escuela para que, juntos, logremos que aprendan a ser; que aprendan a vivir; que aprendan a convivir. Y que aprendan a servir, especialmente a servir a la fragilidad humana: porque -como nos decía la Madre Teresa de Calcuta- el que no vive para servir, no sirve para vivir.

Y en ello estamos, pidiendo a Dios ayuda para que los talentos que a cada uno nos ha dado, ofrezcan el mayor rendimiento, el mayor y mejor servicio a los demás. Y dándole las gracias por su confianza en nosotros, sus hijos; una confianza que tiene especial mérito… porque conoce nuestras limitaciones.

Sí, la educación es una bendición: y estamos, por ello, especialmente bendecidos.

Hemos de responder a esa bendición. ¿Cómo? Con una entrega incondicional, como recordaba Carolina Baron.

Sabéis que no van a faltar retos, dificultades; los hemos vivido ya con la pandemia sanitaria (frente a la que hemos respondido desde la actividad docente ofreciendo nuestra mejor versión ante el confinamiento).

Nos sentimos orgullosos de los profesionales de nuestros colegios, de nuestras familias. Mucha ha sido la implicación de unos y otras, en una experiencia única e insospechada, que surgió de pronto. Y mucha debe ser nuestra gratitud y reconocimiento.

Y la pandemia sanitaria nos ha traído, a su vez, otra muy dura: la económica, que ha afectado a nuestros colegios y a nuestras familias. La vivimos con dolor; con realidad; con conocimiento; con compromiso individualizado.

Nos sabemos, también en esto, frágiles; pero queremos vivir, responsables y esperanzados, pensando en el futuro de vuestros hijos, nuestros alumnos.

Si en este reto, su educación integral, sabemos ir del brazo, todo será menos difícil. Son tiempos complejos, sí; que exigen ser conscientes de que todos tenemos que sacar adelante un proyecto compartido, desde la cohesión y el compromiso mutuo. Habrá lluvias, vientos y tormentas; pero saldrá el sol.

En estos meses, hemos visto confirmado lo importante que es la escuela; por eso debemos cuidarla entre todos, para que siga siendo un lugar de encuentro, a donde quieran ir nuestros hijos e hijas. Como nos dice el papa Francisco: La escuela es un bien para todos y debe ser una fuente de inclusión, respeto por la diversidad y colaboración
Para ello, todos hemos de aportar lo mejor de cada cual.

Este es un proyecto de todos que quiere formar a unos hombres y mujeres -los del mañana- mejores, más preparados; honestos, solidarios y alegres; con valores; para una sociedad más justa, más igualitaria; más libre, más fraterna; más cristiana en nuestro caso: mejor.

Tenemos, para esto, una fórmula. Nos la ofreció San Francisco de Asís:
“Comienza haciendo lo necesario, después lo que es posible y, de repente, estarás haciendo lo imposible”.

Nos espera un curso 2020/21 lleno de incertidumbres. Por eso, quiero trasmitiros un mensaje de ánimo, fuerza y de valentía. Tenemos la mejor de las herramientas que podemos tener, y no son ordenadores, ni móviles… sino nuestros valores humanos y cristianos, que durante esta pandemia nos han ayudado a acrecentar nuestros lazos familiares y, en esta “nueva normalidad” que tenemos por delante, nos tienen que ayudar a vivir desde el servicio a los demás, desde una actitud de minoridad, de compromiso, de sacrificio y de alegría. La que procede de hacer, como uno mejor puede, y todos a una, aquello que Dios quiere.

José Luis Castro Rivas
Director General
Equipo de Titularidad

EL RETO DE LA ESCUELA EN CASA

“Nos ha sorprendido una tormenta inesperada y furiosa”, decía hace un mes el Papa en una plaza de San Pedro sobrecogedora, desierta bajo la lluvia. “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas”. Si hay una gran lección que hemos recibido de esta crisis es la de que somos vulnerables. No solo nosotros; también los estados, la sanidad pública, la educación… Un simple virus de pocas micras ha erosionado los pilares sobre los que habíamos instalado nuestros pequeños círculos de bienestar y nos daban seguridad.

En el caso de la escuela, la crisis nos ha obligado a migrar de forma precipitada a una modalidad a distancia, sin el tiempo necesario para planificar ni para rediseñar las dinámicas de aprendizaje necesarias. Ocurrió de golpe: nos acostamos analógicos y nos levantamos digitales. Pero esa falta de planificación, urgida por la crisis, se ha visto compensada por el sólido compromiso del profesorado de los centros de nuestra Fundación, que ha recurrido a todo lo que estaba a su alcance para mantener vivo el vínculo con su alumnado. Soy testigo directo de ese empeño y constato a diario el inmenso esfuerzo por seguir alimentando la relación, el vínculo. Esto es lo que define a una buena escuela. Desde la cercanía compruebo -con gusto, no lo niego- que la relación entre docentes y alumnos en la Fundación es muy intensa, que hay comunicación permanente (por Meet, por Zoom, por Gmail, por Educamos, por Whatsapp, por teléfono…), que la interacción se extiende hasta muy tarde, fines de semana incluidos, que nuestros colegios están más abiertos y vivos que nunca.

Aunque la tecnología esté siendo la gran protagonista de la crisis, no hay que dejarse engañar por este espejismo. Hemos constatado que una escuela sin tecnología no funciona, pero también, y especialmente, que una tecnología sin escuela tampoco funciona. Nuestro profesorado es consciente de que el cierre de las aulas no se suple con contenido ni herramientas, en papel o digitales, sino con una “interacción aumentada” con toda la comunidad educativa. La escuela es un gran sistema relacional, en el que docentes y familias deben trabajar juntos con el objetivo común del desarrollo pleno de los alumnos y alumnas. Esto no se puede alcanzar solo con tecnología, y un reciente informe de la Fundación COTEC lo expresa de forma clara:

“Aunque sea la única alternativa posible, el aprendizaje online no puede sustituir (sino que complementa) la experiencia presencial en la escuela. [. ..] La interacción presencial no tiene fácil sustitución y, aunque sea la única alternativa posible, un modelo de educación online desde casa no logrará sustituir de forma eficaz, ni a corto ni a medio plazo, a uno presencial.”

No obstante, la experiencia nos demuestra que, si se mantiene la interacción dinámica entre el colegio y los alumnos como está ocurriendo en nuestros centros, el impacto del confinamiento afectará muy poco. Incluso ayudará a mejorar la autonomía y la responsabilidad de los alumnos, a incrementar el apoyo entre pares (también entre hermanos), y a coordinar más efectivamente al profesorado. En este sentido, el final de curso y el inicio del próximo serán un buen campo de pruebas para esta coordinación, porque harán falta muchas decisiones colegiadas en torno a la promoción o a los apoyos diferenciales que serán necesarios para algunos alumnos. Evaluar no es poner obstáculos, sino entender dónde se encuentra cada persona para saber qué tipo de ayuda necesita. Esto es mucho más importante que calificar. Y en estas circunstancias es una tarea muy compleja, en la que debe colaborar todo el equipo para aportar diversidad de miradas en el análisis y minimizar el riesgo de equivocarnos.

Expertos en humanidad

El cierre de las aulas nos ayuda, paradójicamente, a percibir con más claridad el valor agregado de nuestros centros, que son mucho más que espacios físicos o virtuales. La clave que los diferencia es el factor humano, la conexión emocional. Los niños y niñas no aprenden de quien no les gusta, y para gustarles deben sentirse queridos. Por eso es tan rabiosamente actual el mensaje de Carolina Baron: “Solo llegando al corazón estamos haciendo verdadera educación”. Sin cariño no hay vínculos ni emoción, y sin emoción no hay aprendizaje. En esta misma línea, el profesor de psicología de Yale James Corner afirma que no puede haber ningún aprendizaje significativo sin una relación significativa.

Un profesor tiene una parte de técnico y otra de artista, una de contable y otra de poeta. La primera se centra en el currículo, las competencias, los estándares, la didáctica. La otra mira a la persona, la escucha activamente, le pone retos asumibles y la acompaña. La parte técnica se puede reforzar con tecnología, pero la aportación más significativa, la que ayuda a construir el proyecto de vida, se construye a través del testimonio, de los vínculos, de la interacción humana. Como dice el Papa, la verdadera escuela es experta en humanidad, y eso no podemos cubrirlo con las máquinas.

El docente que centra su aportación en la parte técnica, convencido de que su única responsabilidad es enseñar y la del alumno aprender, como buenamente pueda, aporta un valor limitado que probablemente también se lograría con una buena tecnología adaptativa. Pero no es el tipo de docente que tenemos ni el que queremos. Como decía Arthur Clarke, “si un profesor puede ser sustituido por una máquina, debería ser sustituido por una máquina”.

El buen maestro, la buena profesora, no es quien mejor “da clase”, sino quien logra despertar en niños y niñas la ilusión por llegar a ser. Por eso hace como los sherpas, avanza a su lado para que alcancen la cumbre, para que desplieguen su potencial. No es un mero facilitador, como se dice ahora, que orienta el camino y mira los resultados, sino alguien que diseña el itinerario con el alumno y se compromete con sus logros, que siente el fracaso de cada niño y cada niña como propio. Y eso no se consigue solo con tecnología, ni con didácticas novedosas; hace falta vocación, crear vínculos, querer al alumno, creer en sus posibilidades, apostar por él.

Por eso, cuando a las ocho de la tarde la gente aplaude desde sus ventanas, no solo pienso en los sanitarios; también en las otras personas invisibles que sostienen nuestro confinamiento y nuestra calidad de vida: los repartidores a domicilio, las cuidadoras de residencias, los que atienden los supermercados, las profesoras, los maestros…

En estos tiempos de patios vacíos y aulas cerradas, la escuela, como comunidad de relación y de aprendizaje, es más necesaria que nunca. Y por eso necesita, también más que nunca, el apoyo decidido de la sociedad y de las familias. No tanto aplausos desde las ventanas como el reconocimiento a sus profesionales y a su labor, también a través de la aportación voluntaria de las familias, que nunca ha sido tan necesaria. Sin esa aportación será difícil ejercer la función compensatoria, ayudar a los niños y niñas más vulnerables, evitar que alguien se quede atrás.

Por la vía de los hechos, el cierre de aulas se ha convertido en una gran experiencia de aprendizaje para todos. Tenemos que aprender mucho de cara a posibles rebrotes, pero siempre manteniendo el elevado compromiso profesional que estamos viendo estos días y al que están respondiendo con eficacia nuestros alumnos y alumnas.

Augusto Ibáñez
Miembro del Patronato

_

ENTRE TODOS ILUMINAMOS
EL MUNDO

Solo llegando al corazón hacemos verdadera educación

Carolina Baron